Antes muerto que cómplicado

Es evidente que vivimos en una época de transición en que disponemos de un exceso de información al alcance de cualquiera. Eso no es malo, al contrario pero, como todo en la vida, los excesos son malos si no se digieren adecuadamente.  

Últimamente tengo la sensación que en los últimos años con el poder de la comunicación de la tecnología y el exceso de información que ofrece, parece ser que algunas personas tienen la inquietud de saber de todo y la necesidad de transmitirlo a cualquier precio, antes incluso, de llegar a comprender o digerir ese exceso de información. Aprender y transmitir forma parte del proceso evolutivo de las especies, para transmitir el conocimiento de generación en generación y sobrevivir desde que nacemos hasta que morimos. Pero, a la velocidad que avanza la ciencia y el progreso se nos está yendo un poco de las manos a la hora de comunicar.

En algunas ocasiones nos podemos sentir frustrados con algunas relaciones, ya sean de carácter familiar, amistosas, laborales, amorosas o sociales en general. La última se debe más a los prejuicios que a otra cosa, ya que es el proceso inicial del resto de relaciones sociales. Es lógico que todos no podemos pensar de la misma manera y es casi un derecho estar en desacuerdo de vez en cuando para contrastar conocimientos pero, si es un deber moral partir de la base del respeto y la tolerancia para consensuar las discrepancias y seguir aprendiendo, si es necesario, para modificar nuestra conducta recíprocamente.

Cuando no hay respeto o tolerancia con reciprocidad en la información que captamos de otra persona, suele ser debido a algún asunto pendiente o carencia propia, por el motivo que sea, proporcionalmente al malestar que genere en el individuo que no tolera dicha información recibida. Todas nuestras elecciones, para bien o para mal, son lecciones que nos brinda la vida para solucionar esos asuntos personales o “carencias” para seguir avanzando como personas. Las carencias no tienen porque ser malas hasta cierto límite, ya que deben servir como aprendizaje para poner los límites que nos ayuden a evolucionar y compartirlo con quien también esté dispuesto a tener el mismo propósito o los mismos valores. Siempre digo que todo pasa por algo y por nada, a veces mejor aprender tarde que nunca, y así cada vez ir aprendiendo antes. Lo malo es cuando no queremos bajarnos del burro, tengamos o no razón, y seguimos apegados a las emociones que no nos compensan, en gran parte por los prejuicios, las pautas sociales y los hábitos por miedo a salir de la zona de confort. Hay que perder el miedo a ser libres y felices, de esa manera atraeremos lo que pensamos porque se convertirán en acciones que prediquemos basadas en nuestros principios.

La actitud que marca la diferencia es la humildad de prestar la oportunidad de que la otra persona exponga sus argumentos antes de juzgar o sentenciar, y de llegar al enfado. Incluso teniendo la certeza antes de tiempo, casi siempre habría que ceder un margen prudencial de tiempo para anticiparse a posibles perspectivas nuevas que no conocíamos o que puedan dar lugar a nuevas visiones de las que ya teníamos.

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