Parece que hay una tendencia al alza, cada vez mayor, poner o cambiar nombres y etiquetas a acciones que siempre han existido y existirán en todas las generaciones, siendo más notable en los momentos de cambios y relevos entre generaciones.
En realidad, todas las generaciones tienen en común más de lo que creen y menos de lo que las modas sociopolíticas intentan aparentar para polarizar a la sociedad como estrategia de manipulación. Porque encasillar o etiquetar colectivos es una forma crear dependientes fanáticos usando las emociones para remover conciencias y no para bien exactamente.
En todas las épocas, todos hemos sido jóvenes incomprendidos, convirtiéndonos en mayores que no comprenden a la siguiente generación, en mayor o menor medida. Es ley de vida, precisamente, por esa ley de autosuficiencia que nos hace ser ingenuos al principio y arrogantes al final. Por el motivo e intensidad que sea, es innato del humano sentirse el rey del mambo en algún momento de la vida. Prueba de ello es que para cada generación su época es la mejor.
Quisiera imaginarme como farmeaban aura los primeros humanos de la historia, seguramente haciendo gala del liderazgo primitivo a cachiporrazos y gritos, o bailando delante de una guerra para agradecer a la fe, a los Dioses o lo que creyeran cuando aún no habían desarrollado la conciencia plena pero la intuición les predecía algún tipo de efecto espiritual para ir desarrollando las etiquetas que en la actualidad conocemos, si nos pareamos a pensar un poco, poco a cambiado las costumbres de la sociedad en 2000 años de evolución.
Desde los años 50 a los años 90, los jóvenes y no tan jóvenes farmeaban en la calle, se fabricaban sus propios juguetes. A medida que ha evolucionado el progreso industrial, desde los años 90 hasta la segunda década del siglo XXI, con las nuevas tecnologías y derechos han ido apareciendo nuevas formas de exceso de entretenimiento sedentario.
Aunque cada generación tiene su momento de gloria, es cierto que, según avanza el progreso sociopolítico, se van perdiendo valores con la excusa de renovar o morir en busca de la calidad y la eterna juventud feliz, polarizando a la sociedad para crear conflicto y solución, minando las autoestimas para que cada vez piensen menos y dependan más de su verdugo. En realidad, es la misma ley natural del más fuerte aplicando la abstracticidad humana de normalizar lo natural y complicar las circunstancias para evitar descubrir las verdaderas intenciones.
Al margen de la vitalidad saludable que suele tener su pico biológico entre los 25-35 años, tampoco es mejor peor al resto de franjas de edad. Cada franja de edad tiene su momento; los bebés reciben cariño para ser sociables, los niños aplican la sociabilidad para desarrollarse jugando, la adolescencia es el primer paso para experimentar en el mundo adulto, como si fueran los becarios de la vida. Un adulto emocionalmente sano mantiene la misma actitud que cuando era niño, solo cambia el tamaño de sus juguetes y las responsabilidades, para sembrar una jubilación tranquila y en paz consigo mismo, recordando y transmitiendo sus conocimientos para que la siguiente generación mantenga los hábitos, para bien o para mal (si es para bien, mucho mejor).
La mejor manera de farmear el aura, es ser una buena persona, no compararse con los demás y tener la conciencia tranquila, aunque “no tengas suerte” pero valoras lo que tienes y adquieres lo que necesitas, sin caprichos innecesarios.
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