Hace años la cárcel era considerada un desprestigio, hoy en día se ha convertido en un refugio de incomprendidos de cualquier partido.
Realmente, al margen de las subjetividades, la cárcel es un lugar para recluir y controlar los seres desequilibrados que no se ajustan en un marco de convencional social.
No se puede obviar que ese marco social se ha desvirtuado con los años y los diferentes intereses del progreso. Pero tampoco hay que olvidar la función terapéutica de dicha institución, para mantener a salvo los intereses colectivos del resto de la sociedad.
Últimamente, en el siglo XXI, los centros penitenciarios si no se han transformado, cuanto menos se han dividido en clases; los presidiarios psicópatas marginales de diferentes grados delictivos (la plebe, para entendernos) y los presidiarios ‘business’ de la clase política y nobles burgueses que entran y salen a merced de las leyes.
Lo que me parece más irracional es que la población se deje engatusar o hacer la vista gorda, distraídos con el ocio de élite que difunden los medios de comunicación, cómplices del sistema obsoleto y/o corrupto. Lo cual demuestra la necesidad de reforzar la educación y la ética individualizada para ser responsables de los derechos que queremos mantener/reclamar.
Sin poner en duda la formación y el criterio personal de los responsables penitenciarios, quizá no tanto por el sistema en sí, desvirtuado. Lo que sí creo, es que debería servir para reflexionar y reforzar la formación, legislación y seguridad penitenciarias.
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